La moralidad se refiere a una serie de principios o ideales que ayudan al individuo a distinguir entre el bien y el mal, y a actuar en la vida de acuerdo con esta distinción. Estos principios rigen y regulan la interacción social y, sin ello, la sociedad sería caótica. La moralidad humana está formada por tres elementos:
1.- Componente emocional: Sentimientos asociados con el pensamiento y con la conducta moral, como por ejemplo, la culpa, vergüenza o el orgullo.
2.- Componente cognitivo: Manera en que pensamos acerca de un problema moral y en que tomamos decisiones sobre lo que está bien y lo que está mal.
3.- Componente comportamental: Modo en que nos comportamos, dentro del cual se incluye el grado en el que podemos mentir, hacer trampa o comportarnos con honor.
Una personalidad sana e íntegra está asociada con la congruencia entre estos tres componentes. Cuando alguno de ellos no está presente, se generan conflictos: por ejemplo, podemos saber a nivel cognitivo que está mal hacer trampa, pero a nivel comportamental dedicarnos a estafar de manera continua. Del mismo modo algunas personas tienen vidas que se considerarían ejemplares, pero se sienten culpables la mayor parte del tiempo.
Los seres humanos estamos dotados de una fuerza interna o agresión benigna que nos impulsa a actuar de modo asertivo cuando sentimos que hemos sido privados de algo a lo que tenemos derecho. Parte de la fascinación y atracción que generan los casos criminales violentos y asesinos seriales nace de que las mentes criminales parecen no ser distintas a las de nosotros; sin embargo se distinguen en que muestran aspectos extremos del ser humano.
Hay que decir que el síndrome de la criminalidad es el producto de predisposiciones biológicas para cometer actos impulsivos y violentos, y de sus interacciones con factores psicológicos y sociales. Nuestro grado de impulsividad depende del nivel de un neurotransmisor cerebral conocido como serotonina, cuyos niveles pueden verse disminuidos por el consumo de alcohol. Asimismo, el grado de agresividad depende de la cantidad de testosterona, que puede aumentarse con esteroides. Los estudios científicos han demostrado que disfunciones cerebrales que alteran el nivel de estas sustancias químicas en el cerebro son las causantes de una incapacidad para inhibir los impulsos violentos. De ahí que, en este terreno, no sea extraño encontrar alteraciones neurológicas que provocan que muchos asesinos sean víctimas de sus impulsos. Cabe aclarar que este daño no necesariamente es estructural, sino que puede ser funcional.
Al no identificarse emocionalmente con las víctimas, nada las impide justificar sus acciones. También es importante subrayar que muchos criminales presentan una historia de socialización inadecuada. Uno de los acontecimientos más importantes en la vida de un niño es el apego a los padres. La violencia en la familia, ya sea por el abuso del cónyuge o el maltrato infantil, interfiere en la formación de un apego fuerte y positivo. Esto es, al estar expuestas a violencia familiar o al rechazo, se nublan las emociones infantiles y se reduce la capacidad de formar apego. El desarrollo de un apego inseguro entre el niño y su cuidador predispone a la persona a la agresión.
Todo esto nos lleva a considerar que la criminalidad no está necesariamente asociada con la falta de recursos materiales y con la pobreza, sino que se trata de un fenómeno que nace en las familias disfuncionales. Es muy frecuente hallar que entre las mentes criminales existan una falta de atención paterna y que la relación que tuvieron con la madre esté marcada por la frialdad, la distancia y el abandono, y por la falta de calor emocional o contacto corporal. Este tipo de infantes son víctimas profundamente maltratadas y heridas que viven desde entonces en el cuerpo de una persona adulta. Una vez que llegan a la prisión, son proclives a venerar figuras religiosas para aliviar su angustia, depresión y soledad y para reencontrar a la figura materna perdida.
Las investigaciones sobre familias de criminales realizadas por Michelle Gotz, del departamento de Psiquiatría del Hospital de Edimburgo en Londres, han revelado que la alteración en un gen contribuye a la producción de una enzima conocida como monoamina oxidasa tipo A. Se sabe que esta enzima es la encargada de regular la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina. Sin embargo, otro estudio reveló que además de esta alteración las personas violentas mostraban una historia de abuso infantil. Esto es, poseer el gen no es la única condición para que se generen asesinos violentos, sino personas irritables que se enojan fácilmente. Sin embargo, cuando los dos factores (genética y ambiente) están presentes, es muy probable que se construya una personalidad violenta.
Los pabellones de asesinos en las cárceles están saturados de personas sin control sobre sus propias vidas y carentes de vitalidad. Para ellos, en el momento de matar, pasan de ser objetos reactivos a agentes activos.
Fuente directa: -Ostrosky, Feggy.
Mentes Asesinas
Quinto Sol. 2º Edición. México 2011.