Quien no se ha preguntado, ante el saldo de hechos trágicos y acontecimientos desafortunados, qué motiva a los seres humanos a dañar a sus familiares o a personas extrañas, y si pueden estos impulsos y acciones controlarse o prevenirse.
Las conductas violentas son cada vez más comunes en nuestra sociedad y se consideran en la actualidad un problema de salud pública. Se presentan en diferentes niveles, que van desde el abuso doméstico hasta el crimen en las calles y el homicidio. Según las estadísticas del INEGI, esta causa de muerte sigue siendo la segunda en adultos jóvenes (de 15 a 29 años) con 12.4% en el 2005, ocupando el segundo lugar después de las defunciones ocasionadas por accidentes.
La posibilidad de ser en cualquier momento una víctima más del crimen nos hace vivir con miedo constante, lo que tiene un serio impacto en nuestra calidad de vida, y de alguna manera pasa a ser un factor que determina todas nuestras actividades, los lugares que frecuentamos, el tiempo que permanecemos en ellos, el tipo de seguridad que tratamos de obtener, cómo nos vestimos, a qué hora salimos de casa, e incluso dónde y cuándo trabajamos. Sin duda, la violencia, la agresión y el homicidio imponen elevados tributos en la actualidad.
Fuente directa.
Ostrosky, Feggy.
Mentes Asesinas
Quinto Sol. 2º Edición. México 2011.
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