Este fenómeno terrible, mucho más presente y cotidiano de lo que obviamente se desearía, ha sido constante objeto de estudio y reflexión a lo largo de la historia. No obstante, la tecnología actual y el desarrollo de las neurociencias ha permitido a los científicos llegar hasta algunos de los rincones más oscuros del cerebro, en un intento por desentrañar los factores biológicos, psicológicos y sociales que detonan el comportamiento agresivo.
Ni el encarcelamiento ni la pena de muerte contribuyen a nuestra comprensión del problema y mucho menos a la solución. Varios experimentos han mostrado cómo las características físicas del cerebro y los estímulos afectivos que tenemos en la infancia tienen una importante influencia sobre el pensamiento, las emociones y los conceptos de “moralidad”.
Los estudios practicados señalan que en muchos psicópatas y multihomicidas existen variaciones genéticas que generan alteraciones en las concentraciones de neurotransmisores y/o modificaciones en diversas estructuras cerebrales que son congénitas, y que predisponen a los individuos a tener conductas violentas. Otras investigaciones han revelado cómo una infancia carente de afectividad transforma negativamente la concepción que tenemos del mundo.
Fuente directa: -Ostrosky, Feggy Mentes AsesinasQuinto Sol. 2º Edición. México 2011.
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